
Participan por participar, no para ganar
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«La historia la escriben los vencedores», sin embargo, el principal dilema sobre la forma de cómo narrar la condición que se alcanzó el éxito debe definirse bien, y máxime cuando se trata de un puesto de elección popular, en donde la campaña electoral juega un rol importante, crea muchas percepciones y se hace difícil relatar los resultados alcanzados tanto a ganadores como a los perdedores.
A lo a largo del proceso electoral se encuentran actitudes conservadoras y el dilema entre perdedores y ganadores si creer o no los resultados electorales. Sin embargo, los que alcanzan el triunfo electoral lo logran porque emplean una estratégica discursiva –que conecta con su elector– en el que prometen desarrollar proyectos y acciones en beneficio del común de llegar a la posición que aspiran, un programa de trabajo junto a una campaña motivadora, legitimada por la colectividad y con una disertación coherente que da garantía al votante.
Es oportuno aclarar, que existen casos de partidos que promueven sus aspiraciones de administrar el Estado, pero no tienen interés inmediato de gobernar, aunque si las expectativas de lograr un puesto de representación popular, interés -muchas veces- frustrado con los resultados alcanzados, ya que la cantidad de voto fue inferior a la que pretendían conseguir.
También se da el caso de candidatos y partidos políticos que manipulen su discurso, alteran en mayor o menor medida la percepción de la realidad e incluso actúan de forma coherente con su propia interpretación, sin embargo, sus acciones y propuestas no logran calar en la mente y corazón del elector.
Porque para ganar las elecciones los partidos políticos y candidatos deben realizar amplias e intensas campañas que preserven la integridad, empuje del proceso y motive al elector a votar por las opciones que ofrecen. Una cruzada eficiente, con una participación equitativa y que cumpla con los procedimientos legales que la regulan, concebida para encantar a los votantes y establecer vínculos con los candidatos y sus emociones.
Los partidos y sus aspirantes al margen de estar seguro de que, si los ciudadanos votan a favor o contra sus candidatos, en vez de atacar las posturas políticas de sus oponentes -por lo general- recurren a un discurso de agresiones y de descalificación, deben enfocarse o discutir la parte ética y calidad de las campañas.
Reitero que, aunque existe el caso de partidos políticos que no tienen una ambición real de vencer a sus contrarios, pero sí alcanzar una cuota de representación –participan elecciones tras elecciones y pierden de forma aplastante– apoyan y trabajan junto a otras organizaciones mayoritarias para conseguir una nominación y conservar su personería jurídica.
Esos candidatos que suman una derrota tras otra, acaban desertando de las actividades políticas, creando una crisis a lo interno de la organización o perdiendo a sus seguidores.
Y aunque los partidos políticos participan en las elecciones para obtener posiciones públicas, administrar el Estado, crear las políticas públicas, todos comparten el interés de postular candidatos y ganar las elecciones, no necesariamente su estrategia de campaña política electoral le permite alcanzar ese objetivo.
La realidad es que aunque son los partidos políticos y el órgano comicial quienes ayudan a mantener la integridad del proceso electoral, aseguran trato igualitario a todos sus participantes, visibilizan causas políticas, estimulan el interés en el proceso político, inscriben candidatos y llevan a cabo las elecciones; la conexión entre los recursos económicos y la política es uno de los principales obstáculos de los gobiernos democráticos, lo cual implica un gran desafío para consolidar las instituciones y eliminar a los actores gubernamentales que se aprovechan de las democracias perniciosas.

