
Los Crocs de Alofoke
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En el siglo pasado, una declaración de José Francisco Peña Gómez, Juan Bosch o Joaquín Balaguer dominaba la conversación de los dominicanos con cierta facilidad. Y no me refiero únicamente a la opinión publicada, hablo más bien de lo que pasaba en el colmado, en la barbería o en el concho con las ideas expresadas por el liderazgo de la época.
Sin embargo, eso ha cambiado. No importa que los políticos expresemos nuestras opiniones a través de un tuit, un estado en Facebook o un story por Instagram, a la gente parece importarle cada vez menos de qué hablamos o hasta qué pensamos.
Para muestra un botón: mientras el mercado de voluntades en que se ha convertido esta campaña electoral reduce el interés genuino de la ciudadanía por las propuestas de los candidatos a la irrelevancia social, la atención de la abrumadora mayoría de los dominicanos la gana el enésimo match entre Alofoke y DJ Topo, las dudas sobre si Amelia Alcántara salió realmente de Fogaraté o es un espectáculo más para atraer views o las aventuras de una rocambolesca familia en un resort de Punta Cana.
El camino fácil para explicar este fenómeno puede ser adoptar la tesis de Vargas Llosa que refiere que vivimos en una civilización del espectáculo en donde lo trivial, lo lúdico gana en espacio y tiempo a lo trascendente. Sin embargo, la razón es algo menos compleja. La apatía social hacia los políticos descansa en que nosotros le hablamos al espejo, en vez de conversar con la gente.
Seamos claros: ¿a cuántos dominicanos, más allá de las fronteras de la militancia partidaria activa, les interesa conocer cuáles legisladores son llevados a la función circense del paredón moral? Los políticos ganaríamos la atención de la gente si en vez de distraernos en nuestras disputas por ostentar un cargo, nos dedicamos a proponer soluciones audaces a sus problemas.
De tanto repetirlo todos hemos asumido como un principio pétreo aquello de que a la gente no le interesa la política, pero realmente se trata de una forma elegante, y cobarde a la vez, de negarnos a reconocer que la ciudadanía pasa de la política, porque los políticos pasamos de los ciudadanos.
Empecinados en engañarnos a nosotros mismos, acudimos al recurso de atraer a la gente con el cebo de sus artistas y figuras del espectáculo favoritas, cuando saldría mucho más económico y efectivo si en vez de expresar cansinos discursos sobre por qué yo y no aquel, empezamos a hablarle a nuestros compatriotas para qué nosotros.
Durante medio siglo a los políticos nos cuesta mucho ponernos de acuerdo en lo estratégico, aunque somos más proclives a hacerlo en lo circunstancial.
Asombrosamente, empujar definitivamente la nación hacia el bienestar con dignidad siempre es cuesta arriba para nosotros, sobre todo porque en líneas generales las diferencias de visiones acerca de cómo manejar la cosa pública las más de las veces se limitan únicamente a matices de forma.
Lo pequeño nos distrae con facilidad. Los altos organismos partidarios dedican largas horas a debatir quién o quiénes irán a tal o cual cargo, y muy pocos minutos a debatir lo importante: convertir a República Dominicana en una potencia regional.
¿Por qué los políticos no lideramos un gran pacto que convierta al gran Santo Domingo en la capital tecnológica de América Latina? ¿Por qué no comprometerse con hacer del Cibao el gran productor agrícola del Caribe? ¿Por qué no trabajar para que el Sur sea el primer polo ecoturístico de América? ¿Por qué no convocar a una jornada nacional para liberarnos definitivamente del analfabetismo? ¿Por qué no impulsar una ley de asociación entre el sector privado y las universidades para garantizar capitales frescos a proyectos empresariales surgidos de los nuevos profesionales?
Mientras los políticos nos negamos a “meterle al bloque” trabajando de verdad para tener un país más digno, el pueblo, conocedor de la fragilidad del ego de los políticos, aplaude a rabiar nuestro discurso, no porque lo conquiste la arenga o le seduzca la idea de que la democracia está en peligro si no nos elige, sino para que terminemos rápido y le cedamos el protagonismo en escena a Vitaly y su equipo, a las caderas hipnóticas de Gaby Desangles o al ego mastodóntico de Alofoke proclamando, al borde del paroxismo, “somos cien millll” en uno de sus famosos streams de Youtube.
Los políticos solo atraeremos la atención sincera de la gente, en la medida en que empecemos a incluir en nuestro discurso soluciones a sus problemas, demandas y aspiraciones.

