
El árabe y Napoleón
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La perseverancia no es aconsejable cuando se persiste en el error. Hay muchos casos con los que ejemplificar esta idea, pero creemos que es más prudente hacerlo con uno propio. En una ocasión, mientras sosteníamos una reunión de estrategia, un grupo asesores de un político determinábamos los siguientes pasos para lograr la aprobación de una importantísima pieza legislativa.
Las tácticas utilizadas hasta ese momento habían provocado resquemor y malestar dentro de algunos partidos y sectores que nos apoyaban. Pues, decían, «se estaban utilizando argumentos simplones que no eran afines con la naturaleza de la ley y con su aprobación no se iba a lograr lo que se prometía». Es decir, que para los que afirmaban esto, caímos en el «populismo legislativo», una enfermedad que corroe los cimientos de una democracia.
El político a quien asesorábamos quería continuar con los métodos utilizados, porque aportaban popularidad y «facilitaban» el apoyo a la ley de otros sectores. Pero sufría embates constantes de aquellos que sí podían aprobarla. Él convocó la reunión mencionada. Quería saber nuestra opinión sobre si continuábamos o modificábamos el plan de ruta. Dentro del grupo de asesores había dos corrientes: una minoritaria, que quería continuar con el plan. La otra, evidentemente mayoritaria, pedía modificarlo. Sin embargo, el político pocas veces tomaba una decisión por ser mayoritaria o minoritaria, popular o impopular. Las tomaba por convicción.
El dilema estaba servido: continuábamos con las tácticas de presión que, si bien reportaban ganancias de popularidad, no reflejaban las consecuencias de la ley y no tenían impacto en el proceso legislativo. O cambiábamos el método a uno más moderado que no iba a aumentar aceleradamente su popularidad, pero permitiría la aprobación de la ley. El político nos dio la palabra a cada uno de los asesores que estábamos en la reunión para que argumentáramos nuestra postura. Uno de nosotros preguntó: señor, ¿qué es lo que se espera que haga usted? El silencio reinó por unos segundos. Las preguntas no fueron retóricas. Debían responderse. El político entendió inmediatamente y sólo dijo: debemos cambiar las tácticas.
Contamos esta historia para analizar brevemente la campaña electoral estadounidense desde la estrategia de quien era el claro favorito: Donald Trump. En la campaña del 2020, Trump fue despiadado con Biden. No escatimó ningún esfuerzo para avergonzarlo a él y su familia, a su historial como exsenador y vicepresidente. Es decir, que utilizó la misma estrategia de la campaña contra Hillary Clinton con un oponente que no era Hillary Clinton. El desenlace es conocido.
En todo caso, analizando la campaña actual, puede ser que Trump haya tenido una reunión como la relatada para definir su estrategia en contra de Biden. Es más que probable que le hayan preguntado: señor, ¿qué es lo que se espera que haga usted? Trump habrá respondido: destrozar a Biden. Un asesor incauto le habrá preguntado: ¿quiere destrozar a alguien que se está destrozando a sí mismo? Desde ese momento, Trump cambió los métodos de su pasada campaña y encontró el mensaje de la actual: la paciencia. Esperar, como dice el proverbio árabe, en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver su enemigo.
Hay que golpear, pero no tan fuerte, porque Biden ha hecho un pésimo gobierno y va a caer por su propio peso. Golpear, pero no tan fuerte, porque las condiciones de salud de Biden lo convertirán en un mártir si se extralimita. Golpear, pero no tan fuerte, porque Biden cometerá -por sí solo- errores garrafales. Y tocará esperar porque, como dijo Napoléon, «nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error».
Pero las campañas son eventos mutables. Se transforman, o deberían hacerlo, por distintos factores, que pueden ser controlables o no. Por ende, cada plan de campaña debería contar con un apartado de posibles escenarios que puedan suscitarse en el desarrollo de la disputa política. El equipo de Trump debió prever la posibilidad de que los demócratas cambiarían al candidato por el estado deteriorado y progresivo del presidente Biden. Pero si lo hizo, no formuló bien la posible estrategia en contra del nuevo candidato.
Vimos que Trump tenía un mensaje claro en contra de Biden inspirado en el Are you better off than you were four years ago?(¿estás mejor de lo que estabas 4 años atrás?) de Reagan. Sin embargo, observamos que está cayendo en la política identitaria para atacar a Kamala Harris. Que, a pesar de ser una pésima candidata, le conviene el juego identitario porque sus acciones como vicepresidenta han sido minúsculas.
¿Cuál debe ser el mensaje en contra de Kamala? El mismo que con Biden, aunque con sus indudables matices. Debe anclarse en el «estábamos mejor hace cuatro años que con ustedes». El historial de Harris concede otras municiones con las que atacarla: es la responsable del desastre migratorio provocado por la apertura de la frontera -un tema que Trump lo tenía controlado en mínimos históricos-. Su inhabilidad, compartida con Biden, de hablar fuera del libreto también la hacen blanco de los dardos que acusan al presidente de incapacidad. La triste política internacional que tuvo como remate su viaje a algunos países de Centroamérica y el Caribe. Y una larga cadena de etcéteras que ataría a su candidatura a la suerte de Biden.
Si estuviéramos en una reunión de estrategia con Trump le preguntaríamos: ¿qué se espera de usted, candidato? ¿Que la ataque por sus características identitarias o seguir el mensaje que teníamos con Biden, porque funcionaría con ella por ser su vicepresidenta? Y le diríamos, al estilo de la Antigua Roma cuando un general triunfante desfilaba, recuerde al árabe y a Napoleón, recuerde al árabe y a Napoleón.

