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Fortuna y política. Política y fortuna. Este binomio, resaltado por Maquiavelo, ha sido constante en la historia. La fortuna favorece a los audaces y hay que ser audaz para hacer política. Esto, que podría tomarse como un juego de palabras, no es más que la constatación de una realidad perpetua. Aunque la política está hecha de otras realidades. Una de ellas es que aquel al que la fortuna abandona se convierte en un apestado, en un paria, en un relegado político. Lo pueden ser individuos como partidos.
¿Qué hacer, entonces, para que la fortuna vuelva a fijarse en un paria? Sería imprudente dar respuestas cerradas y concluyentes porque la realidad es resbaladiza y cambiante. Nos escudaremos en las licencias de los articulistas para ser enfáticos sabiendo que cambiarán las circunstancias y sus conclusiones.
Vayamos a la respuesta: todo aquel que pierda el favor de la fortuna debe olvidar los placeres disfrutados mientras lo tuvo. Además de embarcarse en un necesario período de reflexión, también debería abordar la nave del olvido. Pero todo olvido arrastra la necesidad del recuerdo. Una vez olvidados los placeres de la fortuna se debe recordar qué permitió conseguirlos. Es un bucle vicioso o virtuoso del que debería extraerse lo político: temas, programa, tácticas y estrategias. Entonces, lo que sigue es disputar.
Carlos Fernández Liria, pensador español de izquierda -en las antípodas de quien escribe-, nos recuerda que la primera disputa debe ser semántica o gramsciana: no se puede regalar al adversario el sentido de las palabras. Los significados se deben disputar, también los temas. No sólo en tiempos electorales. Hay que hacerlo en oposición o mientras se gobierna. Para hacerlo, se necesita tener coherencia y manejar las emociones. Coherencia… porque se debe tener una relación reposada entre lo que se dice y lo que se hace. Manejar las emociones… porque lo político no se produce razonando.
No sólo las palabras y significados deben disputarse. Para recuperar el favor de la fortuna, y de mantenerlo si lo tenemos, es imprescindible tener un proyecto político. Un norte diferenciado hacia donde ir. Un blanco al que disparar. En sociedades modernas la mejor manera de contraponer un nosotros contra ellos es disputar los fines de las instituciones. Fernández Liria, en su libro En defensa del populismo, ejemplifica esta disputa con palabras de Marx: Decía Marx un negro es un negro, sólo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo. Un Parlamento es un Parlamento, sólo bajo determinadas condiciones se convierte en una estafa; un ayuntamiento es un ayuntamiento, sólo bajo determinadas condiciones se convierte en una cueva de ladrones.
El perseguidor de la fortuna debe indagar cuáles son esas condiciones para no caer en ellas. Cuando lo sepa, debe apropiarse del relato de lo deseable y, sobre todo, producir las acciones que lo reflejan. Ejemplifiquemos para simplificar: si la ciudadanía anhela luchar contra la corrupción, aquel cazador de la fortuna debe evitar ser visto como la personificación de lo que se quiere cambiar o no repetir.
¿Dónde queda lo estratégico y lo táctico? Todas estas disputas suceden sobre un tablero en el que se juega la hegemonía. Y la mejor estrategia que existe para ganarla es parecerse al pueblo que se quiere gobernar. Las tácticas, aunque contingentes, no dejan de ser imprescindibles. Pueden ir desde mostrar apertura a la crítica hasta promover disidencia controlada.
Este es el camino para recuperar la fortuna. Es tortuoso, incluso serpentino, pero debe iniciarse, aunque lo que se busque te abandone cuando otras circunstancias lo propicien.

