
Estamos como somos
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La Iglesia se equivocó. Crear siete pecados capitales fue insuficiente. ¿La excusa? Al ser capitales, otros dimanarían de ellos. La insuficiencia está en su generalidad. Toda norma general suplica su desobediencia. Las particulares repelen su olvido. Conclusión: si la Iglesia se animaba a clasificar los pecados en categorías exclusivas, hubiera sido más fácil mantenernos puros. O, por lo menos, no tan manchados. La afirmación de que seríamos más puros si los pecados se dividieran en, por ejemplo, pecados del abogado, los del agricultor, los del lector, no requiere de ningún esfuerzo para contrastarla ni de valentía para ejecutarla.
Ejecutemos, pues. Un pecado exclusivo del lector sería creer haber entendido un libro por sólo leer el título. Para alejarse del pecado habría que leerlo completo. Sin embargo, los pecados también son combustible de la historia. Y, como afirma Fernando Savater, cometerlos puede ser más seductor, atractivo y, en ocasiones, útil.
Este introito es un pretexto para confesar que hemos pecado. Al menos como lectores. No como agricultores ni como abogados…que la Iglesia entienda. Y nuestro pecado no sólo fue creer haber entendido un libro leyendo el título, sino sacar conclusiones. ¿Cuál es el nombre del libro? El mismo que el del artículo, aunque con un agregado sustancial: por qué los argentinos no tenemos el país que queremos. ¿El gentilicio? Puede ser reemplazado con cualquier otro. ¿Su autor? Le llamaban Tomás Bulat, porque decirle Genio Bulat era una tautología. ¿El contenido? No tenemos idea, ese es nuestro pecado, pero el título es autosuficiente.
Es un título espejo, porque refleja realidades palmarias. Es un título luminoso, porque saca de las sombras las ocultas. Es un título contundente, porque golpea y aturde al incauto. Cualquier construcción de premisas y extracción de conclusiones se facilita cambiando el gentilicio del título por dominicanos y con un ejemplo también argentino.
Empezaba el año 2002. El recién posicionado presidente de Argentina, Eduardo Duhalde, pronunciaba una frase en su discurso de asunción que sería recordada más de 22 años después: el que depositó dólares, recibirá dólares. El que depositó pesos, recibirá pesos.
¿Por qué los dominicanos no tenemos el país que queremos? Por ser como somos. Se podría concluir que como somos ineptos, recibimos ineptitud. Como somos incapaces, recibimos incapacidad. Como somos violentos…la idea es clara. Pero esto no debe ser un anatema. Al menos no imperecedero. ¿Qué debemos hacer para romper el maleficio? Miles de respuestas se amontonan para ser plasmadas sobre el papel, pero elegiremos una: cambiar el ser para mejorar el estar.
Que no se confunda ese cambio de ser con el nuevo hombre guevariano o bolchevique que, al perseguir un imposible, provocó tantas atrocidades. El cambio de ser del que hablamos tiene una vocación más humilde. Está dentro de las posibilidades humanas.
Utilizar la reflexión es una de sus condiciones, como la renuncia al cortoplacismo es uno de sus objetivos. El método sería enfrentarse a la realidad teniendo, como nos aconsejaba Nietzsche, una fuerza de predilección para los problemas que hoy asustan a todos; y la valentía de Václav Havel quien se atrevió a enumerar las falencias de su país en el discurso inaugural de su gobierno.
Estas son las conclusiones de un pecador que escribió este artículo como penitencia.

