
Crítica arquitectónica
Share This Article
Andar caminos trazados por unos es difícil. Andar los desconocidos por todos, aún más. En los primeros, los tramos angostos, las pendientes y los valles son advertidos por quienes los han recorrido. Los segundos, al ser vírgenes, no están marcados por las estrías de las cargas ni las huellas del viajero. Para los primeros necesitaríamos a un Virgilio que, como con Dante, nos guíe por sus senderos. Para los segundos bastaría la valentía de Colón… aunque cuando salió no sabía para dónde iba y, cuando llegó, no sabía dónde estaba.
Andaremos los primeros para la supervivencia del artículo. El género epistolar servirá de brújula y la crítica política-legislativa de barcaza. Aquel género tiene grandes exponentes, como Rilke, Zweig y Petrarca. El primero forma parte de la tradición de aconsejar sobre un oficio mediante epístolas. Sus «Cartas a un joven poeta» lo atestiguan. El formato de «Cartas a…» se ha extendido tanto que se utiliza para los asuntos más disímiles: «Cartas a una joven deprimida», «Cartas a un joven novelista».
Se preguntará el lector, con certeza, si nuestra brújula es defectuosa. Permanecemos en la orilla sin atrevernos a zarpar. No es que nuestra brújula no sirva. Es que aún no la hemos elegido. La «Carta a un joven columnista» de Jorge Bustos servirá. Este escritor español nos pide, a los columnistas, ser versátiles. Que nuestro estilo no sea inconfundible, sino inapresable. «Que nadie lo pueda etiquetar -fuera de la mala fe- porque verdaderamente ya eres capaz de escribir con sistemática elegancia de cualquier cosa». La presuntuosidad nos abandona para no creer que escribimos con «sistemática elegancia», aunque la necesidad provoca el hambre de escribir sobre «cualquier cosa». Es el turno de la arquitectura… legislativa. Zarpamos.
Aún contando con una brújula eficaz, los golpes de la marea son muy fuertes para una barcaza tan frágil. Para reforzar la proa bastaría lo dicho por Théophile Gautier cuando visitó Madrid. Julio Camba recoge sus observaciones al examinar el palacio del Congreso: «Es imposible que, dentro de un edificio construido con tan mala arquitectura, se pueda hacer ninguna cosa buena». ¿Qué pensaría Gautier si examinara el edificio del Congreso dominicano? ¿Creería que una estructura tan cuadrada sea la razón de tan mala calidad e inflación legislativa?
Algunos ejemplos facilitarían las respuestas: trámite de un código penal incompleto, aprobación de resoluciones baladíes para nombrar edificios públicos, debates parlamentarios insustanciales y ramplones. Agregar otros sería predisponer al lector. Pero el «contexto» casi siempre condiciona al «ser». Si nuestros legisladores desarrollan su actividad en un edificio feo, cuadrado y derruido, exigirles buenas leyes sería pedirle peras al olmo y uvas al espino.
Talleyrand decía que todo lo exagerado es insignificante. Sería insignificante explicar estos problemas sin proponer soluciones. Estas sobrepasan un rediseño de la fachada del Congreso y la enumeración de cualidades que los legisladores deben tener. No nos adentraremos a mares tan profundos porque nuestras pretensiones son básicas. Solo le pediremos a nuestros hacedores de leyes que se entreguen al culto de la «sequía legislativa». Es difícil profesarlo, pero es más higiénico que los ritos inflacionistas de leyes y resoluciones prescindibles.
Julio Camba duda de las relaciones entre la arquitectura y las leyes expuestas por Gautier. Duda que una cornisa y un friso tengan influencia en un proyecto de ley o en una votación legislativa. Sin embargo, siendo intelectualmente honesto, reconoció su posible influencia diciendo que «esto, que no se puede admitir teóricamente, está confirmado por una larga y lamentable experiencia». La misma sufrida por los dominicanos.

