
La campaña (en)sucia
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En final de año recién pasado estuvo marcado por el tema por un tema electoral que fue tendencia en redes sociales y muchos medios de comunicación: la campaña sucia, específicamente debido a los ataques de muchos a la candidatura y la persona de Omar Fernández, hijo del expresidente y candidato Leonel Fernández.
Cierto que es muy válido procurar un ambiente de campaña electoral limpio, en que el respeto y el debate de las ideas sea el riel por donde avance el gran tren de la democracia que nos permite escoger al candidato o a la candidata que mejor nos represente en los diferentes puestos electivos. Pero no menos importante debiera ser mantener nuestro entorno libre de contaminación visual, de basura visual que afea y ensucia nuestras ciudades, pueblos y campos, y de paso, muestra un derroche de recursos indecente, incapaz de resistir cualquier análisis financiero que explique el retorno de la inversión que hace un candidato para lograr una regiduría, una curul congresual o la Presidencia de la República.
La semana pasada, mi familia, un grupo de amigos y yo recorrimos parte del Cibao en un intento de desconectarnos del bullicio y el ajetreo diario de la ciudad para entrar en contacto con la naturaleza, la belleza infinita de nuestra tierra y, por supuesto, con su gente.
Desde antes de salir de la ciudad (una tarea desafiante en sí misma), nos acompañó constantemente el ruido visual de la campaña electoral que, carente de propuestas, parece basarse en una competencia desmedida por la colocación de afiches, letreros y vallas publicitarias en calles, paredes públicas y privadas, postes del tendido eléctrico, árboles e incluso rocas. No faltan las odiosas bocinas fijas y móviles que promueven candidaturas. Como si fuera otra pandemia, ni siquiera en las montañas estamos a salvo de esta contaminación.
El problema no es nuevo. De hecho, habíamos logrado avanzar para controlar el ruido visual que afea nuestro entorno. Atrás quedó el uso de los «cruzacalles», se controló el uso de afiches y reguló el uso de las vallas publicitarias y los horarios para el uso de bocinas.
Penosamente, en esta campaña, que aún no alcanza su punto álgido, hemos retrocedido en ese sentido. Todo indica que empeorará y lo que nos espera es caminar por calles y caminos como si estuviéramos inmersos en un estruendoso mosaico de letreros, afiches y vallas sin control, afeando todo, impidiendo que el mensaje pueda ser digerido. Pareciera que el propósito es evitar que el votante analice las propuestas y, en cambio, vote por quien genere más ruido, en lugar de por el candidato con el mejor programa.
Las redes sociales es otro mundo, otro caos, terreno fértil para manipulaciones, esparcir odio y de las peores propuestas. Y será peor.

