
Un paso adelante para nuestra democracia
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Durante mucho tiempo, en nuestro país la posibilidad de presenciar un debate presidencial se convirtió en una especie de leyenda urbana, un elemento de campaña para algunos que, desde su posición electoral desventajosa, desafiaban a quienes tenían mayores posibilidades, conscientes de que su propuesta sería rechazada.
Así es como aquí asumimos que a los políticos nuestros les gusta evitar este tipo de espacios de confrontación, quizás por temor a ser sometidos a un escrutinio público que revelaría más de lo que desean mostrar, o por considerar que allí nada «ganarán».
Sin embargo, parece que el reclamo de la opinión pública empieza a cambiar esa «mala costumbre». Luce ahora que el debate es importante, que empieza a aceptarse la idea de que los candidatos deben enfrentarse no solo entre sí, sino también a las esperanzas y escepticismos de un pueblo que quiere saber, que está atento.
Analistas opinan que los debates son catalizadores de votos, pero en mi opinión, van más allá de ser simples confrontaciones de ideas. Son verdaderos campos de batalla donde se perfila no solo quién dirigirá el país, sino también la identidad misma de la nación. Hablar de debate es hablar de oportunidades de comprender, de vislumbrar un país distinto, cerrar un ciclo político, de tener mayor calidad de información para poder decidir mejor.
Los debates políticos, llevados correctamente, no son necesariamente generadores de votos, sino más bien confirmación de las posturas arraigadas en los electores. Son oportunidad de ver cómo un candidato responde a cuestionamientos del contrario y cómo el mismo discurso de cuestionamiento y respuesta puede servir de compromiso frente al electorado. Por supuesto, los debates también sirven para consolidar apoyos, mostrar convicciones y habilidades de liderazgo, y resaltar su autenticidad ante una audiencia que ansía conocer la verdad detrás de los discursos elaborados en oficinas frías por consultores de estrategia política.
Del debate auspiciado por la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (ANJE), hay muchas lecturas. Por ejemplo, se puede decir que el presidente Abinader se anota un punto importante con el solo hecho de aceptar participar en el mismo, toda vez que la tradición ha sido que los candidatos punteros se han negado a debatir con los demás, porque «no hay nada que buscar ahí». De igual modo, los candidatos opositores Leonel Fernández y Abel Martínez, contribuyeron con su participación y nivel de exposición a afianzar un espacio que suma a la democracia.
Criticable: que no se permitiera la participación de candidatos como Virginia Antares o María Teresa Cabrera y otros, por un tecnicismo que resulta discriminatorio. Claro, esto apenas empieza. ¡Deben venir las mejoras!

