
Un salvavidas para la cultura
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La cultura se manifiesta en todos los ámbitos. En el lenguaje. En la gastronomía. En las artes. En la infraestructura. En el folklor. Es el ADN de un pueblo, es el sello que nos distingue como nación del resto de los países. Nunca como ahora podría estimarse (y valorarse) el peso que carga una persona, una familia, una sociedad o un país inculto. El peso que se destina para el apoyo del sector cultural –en todas sus manifestaciones– vale su peso en oro. No es un gasto, es una inversión.
Interesante el planteamiento del expresidente Leonel Fernández en una entrevista que publica hoy País Político. Opina, con conocimiento de causa, que no es suficiente designar a un intelectual al frente del Ministerio de Cultura, se necesita a la cabeza de ese aparato tan complejo, a un gerente, un buen administrador, una persona que conozca, que viva y que sienta la cultura. Un ministro que pueda articular acciones que beneficien el desarrollo de la gente y las instituciones, porque sin eso muere la cultura.
El presidente de la Fuerza del Pueblo, probablemente quien más recursos, energía y apoyo asignó a este sector en sus tres períodos, en el primero del 1996-2000 y luego del 2004 al 2012, reconoce el desarrollo que experimentó República Dominicana en los gobiernos de Joaquín Balaguer, períodos en que se construyeron infraestructuras de primer orden como el Teatro Nacional, la Plaza de la Cultura, la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña o el Gran Teatro del Cibao. Fernández sostiene que con esas edificaciones se cumple un primer desafío, dotar a la nación de escenarios idóneos para que puedan luego desarrollar una agenda «viva», dinámica y rica en contenidos.
Es el contenido que vitaliza esos espacios fríos, esos cuartos con dimensiones inmensas que para nada sirven si no se dotan de, por ejemplo, una feria del libro, un festival de cine, de teatro; la Bienal de Artes Plásticas, conciertos de las orquestas sinfónica y filarmónica. Esto tan solo una muestra del movimiento cultural que abarcó cada rincón del territorio nacional. Ley de Cine y Ley del Libro que sustentan, sobre todo la primera, una industria que mueve millones de dólares al año, y que posibilitó el desarrollo de un sector de primer orden.
Apostar a la cultura y a aquello que los especialistas denominaron hace unos años como la «industria naranja» servirá para que el pueblo, la gente, pueda apreciar, valorar, crecer y desarrollarse intelectualmente a un ritmo y niveles comparables al que ha experimentado el país en el renglón de las infraestructuras. Tiene razón Leonel cuando reconoce que en los gobiernos de Balaguer se construyeron obras importantes y que siguen en pie, y no exagera cuando dice que ni antes ni después de sus gestiones se importantizó tanto el sector cultural. ¿Por qué esa indiferencia de sus predecesores y quienes le sucedieron? Se le preguntó: «Eso tiene que ver con el Presidente mismo y a quién se designe al frente del ministerio. Hay que vivir la cultura para entender su importancia».

