
Luis Abinader: La inspiración de su liderazgo y una nueva élite de jóvenes políticos
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El ascenso y consolidación del liderazgo político de Luis Abinader coinciden con el agotamiento del modelo peledeísta de hacer política, instalado en el país desde 1996, con una pausa en el período 2000-2004, y que se extendió hasta agosto de 2020. Si bien en sus inicios dicho modelo llenó las expectativas de renovación a las que aspiraba la sociedad dominicana, su práctica desde el poder defraudó a amplios segmentos de la población, abriendo el camino a la emergencia de un nuevo liderazgo que conecta mejor con las expectativas de una sociedad cansada de la corrupción y que exigía transparencia en la gestión pública.
El escenario descrito hace necesario definir el concepto de circulación de élites políticas desde la perspectiva de su rol oligárquico consustancial. Si algo ha atrofiado la consolidación del proceso democrático dominicano en su transición de una democracia electoral hacia una más participativa e inclusiva, son los obstáculos que, desde el mismo sistema de partidos y las élites directivas, constituyen una inexpugnable oligarquía de hierro que trunca la emergencia de nuevos liderazgos en los partidos. Un claro ejemplo en nuestro entorno es la castración del liderazgo emergente de Augusto Lora y Fernando Álvarez Bogaert en el Partido Reformista liderado por Joaquín Balaguer, y José Francisco Peña Gómez, en el PRD liderado por el Profesor Juan Bosch.
El comportamiento de la lógica oligárquica, basado en aspectos vinculados a la psicología del poder, generalmente deriva en tendencias elitistas cerradas dentro de las organizaciones políticas. Nuestro sistema político no es ajeno a estas prácticas, reafirmando la visión pesimista de Michels, quien sitúa dichas élites como un obstáculo para alcanzar un óptimo relacionamiento entre militancia y dirección partidaria en sociedades con una herencia cultural autoritaria, como la República Dominicana. Sin embargo, la dinámica política de una sociedad plantea retos a su liderazgo, como la necesaria oxigenación sistémica a partir del aseguramiento de la circulación de las élites directivas, condición sine qua non para una sana competitividad de los liderazgos emergentes.
Situando la presente reflexión dentro de un contexto de convergencia de sistemas y el agotamiento de la ideología, el caso de nuestro país no es ajeno a esta dinámica. Permite aquilatar el rol jugado por Luis Abinader al adoptar un liderazgo enfocado en la lucha contra la corrupción, un flagelo que alcanzó niveles sin precedentes durante los gobiernos del peledeísmo. Estos, para justificar la falta de ética en el manejo de fondos públicos, argumentaban que la política no era una actividad de pobres y que la gente era indiferente a la corrupción, ya que no marcaba en las encuestas como una preocupación de los ciudadanos. Sin embargo, este tema ha sido decisivo en la decisión de los votantes en los dos resonantes triunfos de su candidatura.
La impronta de las ejecutorias de Luis Abinader, basada en una batalla ética contra la corrupción administrativa en la esfera pública, le ha permitido consolidar su liderazgo dentro de sectores no necesariamente politizados de la sociedad. Esto acompaña un clamor ciudadano de tolerancia cero con la corrupción, lo que ha provocado que en diferentes encuestas de opinión su figura siempre marque por encima del partido. Esta situación configura un escenario de enorme validación ciudadana de su liderazgo, permitiéndole erigirse en el árbitro de la sucesión de un proyecto político que conecte con un necesario proyecto de nación, garantizando una ordenada y competitiva circulación democrática de un nuevo liderazgo joven que represente los valores de una democracia sustentada en la integridad ética y la inclusión social.
El desafío inspirador que representa Luis Abinader, en su calidad de árbitro y el peso ético de su liderazgo para la nueva camada de jóvenes dirigentes con enormes potencialidades, con nuevas ideas y enfoques basados en la innovación, es que internalicen el compromiso cívico de consolidar una democracia de calidad. Esto debe profundizar en las garantías de los derechos sociales fundamentales, como la creación de un clima propicio para el empleo, la salud, la educación de calidad y la seguridad alimentaria y social, revitalizando la frescura de una nueva representación interna y externa del PRM y del sistema de partidos.
Estamos conscientes del gran reto que le espera a Luis Abinader: ordenar desde un arbitraje íntegro, transparente y apegado siempre a las disposiciones estatutarias y a la normativa legal que han caracterizado su vida pública. Esto garantizará la circulación de este nuevo liderazgo bajo criterios meritocráticos y éticos, representado dignamente por Wellington Arnaud, Carolina Mejía, David Collado, entre otros. Dicha actuación colocaría al actual presidente de la República en un sitial reservado a quienes han tenido la entereza de seguir sirviendo al país y a la democracia dominicana, independientemente de la posición que ocupen en la esfera pública o privada.
Podemos concluir esta reflexión señalando que permitir, desde el arbitraje del presidente Abinader, la circulación de esta nueva élite de jóvenes políticos comprometidos socialmente con la consolidación del sistema democrático, evitaría cometer errores del pasado partidario que llevaron a luchas fratricidas provocando su desconexión con la sociedad. El aspiracional societal es que, con su entrada en escena asumiendo responsabilidades de Estado, podamos borrar la brecha de fatiga con la democracia que se observa en otros litorales de la región y del mundo, y que amenazan la vida en democracia.

